Piratas de la espuma

Catorce monedas de oro internacionales. Por catorce monedas de oro accedí a hacer todo lo que te voy a contar ahora, y lo peor es que lo habría hecho por menos. Ya solo siete compensan mi ojo muerto, por el doble estaba dispuesto a perder el otro. El capitán era tan chiflado como tozudo, pero lo dicho, pagaba demasiado bien. ¿Que qué quería? Lo que todos los chiflados presentuosos quieren para su salón, una serpiente blanca. Pero lo mejor no es eso, lo más loco es que quería hacerlo con una rápida. Mira que insistí que con una barca así no se tira de semejante bestia, ni siquiera se le sigue el ritmo. Vale que sea ligera y tenaz, pero no tanto como una serpiente blanca. ¿Me entiendes no? Pero sumó dos monedas de oro internacionales a la paga. Dieciséis. Le dije:

“Si le suma dos más le seguiría hasta el infierno.”

A lo que él respondió:

“Pues que sean dieciocho que vamos directos.”

Y ahí estábamos los dos, en las costas de las islas más exóticas bebiendo ron y comiendo todo tipos de pescados. Cinco semanas estuvimos así. Vimos hasta una ballena roja. Le dije que eran aún más raras y quedaría mejor en su salón, pero no, ese viejo estaba obsesionado con la serpiente blanca. Yo a la primera semana estaba por casarme con él. ¿Cobrar por tomar el sol en las playas más bonitas del océano? Por un momento pensé que había muerto y trabajaba para el mismísimo dios en algún empleo del cielo. Pero pronto la piel comienza a ser más sensible por el sol y la ropa se llena de sal rozándote todo el cuerpo. Se me caía la piel a cachos. Era una tortura. El viejo estaba en lo cierto, íbamos al infierno y aún quedaba enfrentarse al mismísimo diablo.

“¡Ya vienes pedazo de bestia infernal! ¡Acércate más!”

Gritó el loco y una ola casi nos tira de la barca. Debajo de nosotros una serpiente blanca gigantesca, no puedes ni imaginártela. Seguro que has oído de ellas, de sus enormes fauces y su piel albina como la luna, pero hasta que no ves una con tus propios ojos no conoces nada sobre ellas. Se movía tan rápido que lo único que veías de ella era el rastro de espuma que dejaba. El viejo estaba como loco. A punto estuvo de tirarse con el arpón al agua y darse a duelo con ella. Si no llego yo a estar allí para sujetarle lo habría hecho. Amarramos todo y esperamos a que se calmase, pero no paraba de dar vueltas alrededor de nosotros a toda velocidad. Parecía que estaba construyendo una diana enorme para que el mismísimo Zeus nos diese con un rayo. Pero era un día soleado y el agua estaba tan cristalina que no podías ver tu reflejo sobre ella. Y de repente el agua se calmó. Como si se hubiese parado el tiempo. Y aquí es cuando supe que no era la primera vez que se enfrentaba a ella. El viejo loco me tiró al suelo justo antes de que pasase por encima de nuestras cabezas. En cuanto volvió al agua, el viejo cogió el arpón y apuntó mientras yo hacía el amarre en la parte delantera de la barca. Y con la puntería de un viejo lobo clavó el arpón sobre la piel blanca. Un grito desgarrador y la serpiente comenzó a tirar de la barca. A toda velocidad. No saltábamos las olas, las atravesamos. Ahora el rastro de espuma era rosa. Claro está, la barca no iba a aguantar mucho más. Pero no me dejó cortar la cuerda el viejo loco.

“¡Tenemos que desangrarla! ¡Ya es nuestra!”

Y yo solo pensaba en el dinero. Dieciocho monedas de oro internacionales, me decía todo el rato y me agarraba a los trozos de madera que aún quedaban en pie. Pero todo se paró de repente y antes de que me pudiese dar cuenta estaba remando de vuelta cargando con la bestia más grande que he visto. Flotaba detrás de nosotros y no pesaba nada sin el alma. Nunca había visto nada igual. Llegamos a puerto, cobré lo que debía de cobrar y el viejo desapareció como apareció.

– ¿Y el ojo como lo perdiste?

Ah no, lo del ojo es de nacimiento. Pero volvería a nacer por esas dieciocho monedas de oro internacionales.

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