Igual que al vino junto a la ribera

– ¡Si buscan esquiroles! – cantó el joven soldado apoyado en el marco de la ventana.

– ¡No nos moveran! -cantaron el estribillo el resto.

– ¡Igual que al vino junto a la ribera! – alzó el joven.

– ¡No nos moverán! – gritaron el resto y aplaudieron con las manos por encima de sus cabezas.

– Pero falta Marcos – calmó el joven -. ¿Qué hora es Antonio?

– Las nueve harán -respondió el mayor de la patrulla, quien irónicamente, era el de menor rango de toda la patrulla.

– Pues estará ya al caer – concluyó el joven.

Y la verdad era que el asunto de la espera, Marcos, estaba lejos, arrastrando la girtarra sobre la arena de la playa y maldiciendo el momento que accedió a la apuesta. No llegó hasta el alba. Todos dormían aún, por lo que comenzó a tocar para despertarles. Poco a poco, los ojos se abrían dentro de aquella caseta casi derruida. Comenzaron a surgir los aplausos rítmicos aumentando el volumen de la canción, y con ellos el alcance de la canción y sus acordes alegres. Pronto, aparecieron las primeras patrullas que se acercaban a donar las pocas migas que sobraban y se sumaban al cantar. Los motores de los camiones callaban para escuchar, y hasta a los altos mandos se les ablandaba el corazón y entonaban los versos. Pero el sol iba cayendo, y junto a él los ánimos y la voz. Por lo que a la noche, se quedaron solos, a la lumbre de una cansada vela.

– Marco que manera tienes de tocar – le dijo el joven.

– Ni que lo digas – respondió el mayor y el resto asintieron dándole la razón.

Marco, que no sabía como dejar de agradecer las buenas palabras, se limitó a volver a cagar la guitarra de nuevo, aunque los cayos de las manos le suplicaban que no lo hiciera. La confianza sobre él le hizo tocar acordes nuevos e improvisar unos versos tristes sobre los ojos negros de sus hijos, Juan y Matilde. Todos le escucharon, con los ojos llorosos y con la última nota se fueron a dormir con la morriña de tiempos pasados. Pero al alba, una trompeta sonó a lo lejos. Y con ella tres tambores. Y a estos les siguieron violines, flautas y hasta un piano encima de un camión comenzaron a tocar, una melodía para despertar al director de la orquesta y su guitarra.

– ¡Venga Marcos! ¡Toca! – dijo el joven.

– ¡Eso! ¡Venga despierta! – animó el mayor y el resto le siguieron.

Y Marco se aferraba a su sueño infantil, hasta que los zarandeos le fueron imposibles de combatir. Salió al campo y la orquesta formada por caras desconocidas cesó. Marcos se esperó a que se colocasen en media luna alrededor de él y a que el silencio reinase. Se sentó encima de una silla de mimbre reventada a afinar las cuerdas de la guitarra. Se tomó su tiempo para carraspear y dar directrices al coro formado por soldados de todas las edades. Tomó un respiro hondo y largo y comenzó a rasguear. La orquesta le siguió, sin partitura alguna, con la única guía de la inspiración. El coro cantaba alegre, ladeándose y pisando fuerte sobre la tierra, llegando incluso a hacerla temblar. Y así, sin descanso para beber ni comer, cantaron durante todo el día. Cantaron que no les moverá, que si buscan esquiroles, no les moverán, igual que al vino junto a la ribera.

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