Diálogo absurdo

Al rubio el sangraban hasta las orejas. Fumando un cigarro caído sin decidirse a golpear la puerta. Lo describiré: pelo corto, rubio obviamente, nariz puntiaguda, cabeza pequeña y orejas grandes. En el vestuario no profundizaré, pero para aquellos que sienten curiosidad diré que llevaba todo arrugado y con dos tallas de más. No soy quién para juzgar su personalidad, ya que no le conozco lo suficiente, pero su imagen me dice que es conflictivo (eso, o es muy torpe) e indeciso. Cinco minutos y todavía no se atrevía a llamar. Harto de esperar, el mayordomo que llevaba vigilándole todo este tiempo, se acercó a abrirle. Lo curioso es que el rubio ni se inmutó.

– Quién es usted – pregunta el mayordomo.

– ¿Eh?

– ¿Va usted fumado?

– ¿Eh?

– ¿Drogado?

– Eh, no. No que yo sepa. Solo me he tomado un café pero hace ya rato.

– ¿Y qué hace aquí?

– ¿Tiene betadine?

– ¿Qué edad tiene caballero?

– ¿Eh?

– Que si es joven, adulto o viejo.

– Ah muy viejo, uf, mucho.

– No me mienta.

– ¿Por qué lo preguntas?

– No se permiten ni niños ni ancianos. Esta casa tiene unas normas muy estrictas.

– ¿Y quién las ha puesto? ¿Usted? Encantado.

– No, las ha puesto la señorita de quien es esta casa. Encantado.

– Ah.

– ¿Qué le ha pasado caballero?

– ¿Y el betadine?

– Ahora se lo traigo. Si me responde se lo traigo antes.

– Se me ha caído una farola.

– ¡¿Una farola?!

– Sí, en toda la cabeza.

– ¿Y cómo es eso?

– Uf, muy duro.

– Digo que cómo ocurre tal cosa.

– No sé, preguntala a ella.

– ¿A quién?

– A la farola.

– ¿Y dónde le ha caído?

– En la ciudad.

– ¿Y ha venido usted hasta aquí sangrando?

– Sí.

– Madre mía. A lo mejor la farola tenía algo en su contra caballero.

– Su historia tendrá, pero es la primera vez que paso a su lado. Yo creo que lo que tenía era envidia.

– Já, ya claro…

La conversación se quedó muda y aquellas dos figuras alargadas, que no se atrevían a mirarse los ojos, que no se atrevían a mirarse a los ojos, tampoco se atrevían a mirarse a romper la pausa. Al rubio se le cayó hasta el cigarro de la boca y ninguno de los dos se inmutó.

– ¿Y el betadine? – recuerda el rubio.

– Uy sí, disculpe. No tenemos señor.

– ¿Eh?

– Que no tenemos señor.

– ¿No tienen?

– No.

– Pero.

– A ver, tenemos, pero es en caso de emergencia y mi prioridad es la señora.

– Pero si me ha dicho que tenía.

– Y tenemos.

– ¿Y no me va dar?

– No señor. Piense. ¿Y si a la señorita se le cae una farola en la cabeza? No tendríamos betadine para ella.

– Pero.

– Lo siento, es imposible caballero.

– Pero pregúntala.

– No la voy a hacer bajar para eso señor.

– Pero si está ahí detrás.

Y a los pies de la escalera les mira la señorita. Delgada, con un abrigo absurdamente largo para su estatura, maquillada con muchos colores pero muy mal, como si acabara de llorar. Tiene el pelo corto y los ojos muy grandes.

– Ah, señorita no sabía que estaba escuchando.

– ¿Qué quiere el rubio ese?

– Betadine señorita – se adelanta el rubio.

– ¿Como?

– Este caballero quiere un poco de betadine para las heridas visibles de la cabeza. Le ha caído una farola en la cabeza.

– Ah. No se lo des – y ya está, dicho esto se vuelve y sube por las escaleras.

– Ya ha oído caballero.

– Bueno. No se preocupe, ha hecho lo que ha podido.

– Cierto. En fin, un placer.

El mayordomo le cierra la puerta en las narices al rubio. Sin desanimarse demasiado, el rubio se larga aún sangrando. Pero como forma de venganza rara, no camina por el campo de tierra, sino por el césped, aplastándolo.

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