Chin chin

Las conversaciones eran tranquilas, al ritmo de la música de cafetería que tocaba la banda. Los invitados reían y sonreían escuchando solo el final de la frase de su acompañante. Una fachada de diversión e interés para no reflejar el irrespetuoso aburrimiento de un papel secundario en la conversación. Nuestro protagonista, un hombre con un ojo perdido, pelo revuelto y traje caqui se dio cuenta del engaño nada más entrar al salón. No le hizo ni falta saludar ni intercambiar media frase para darse cuenta del teatro de los invitados. Tan solo con ver como cogían la copa de champán, sin mirar al camarero que pasaba, como si todo estuviera ensayado al detalle. Para nuestro protagonista, el hecho de estar allí, respirar el mismo aire que aquel reparto barato, era un suplicio. Aun así, siguió con el plan y se acercó a estrecharle la mano, mientras sonaban por encima de sus cabezas sus pensamientos

“Parece un hombre flojo, los hombros caídos y la cara larga, parece cansado de vivir. No creo que lo haya hecho.”

Sin embargo, cuando se estrecharon las manos, la percepción por aquel hombre tan deprimido cambió completamente. El apretón fue fuerte, recio y largo. Aquel hombre mantuvo el saludo, la mirada fija, la sonrisa cordial; mucho más de lo estipulado por las normas no escritas de la cortesía. Hasta el resto de personas que estaban en el círculo suspiraron de alivio cuando las manos se separaron. Nuestro protagonista entonces se puso furioso, sí que lo había hecho. Era él. Roberto Mares dijo que se llamaba, pero sabía que aquel no era su nombre de verdad. Se despidieron cordialmente, como viejos conocidos, invitándose a comer algún día juntos, lo que desentonaba al haberse saludado como completos desconocidos.

“Mierda, sí lo ha hecho”

Intentó calmarse a la que andaba hacia un balcón, pero las risas falsas y los chin chin del champán le alteraban aún más. En su huida, hasta una señora de pelo blanco (parecía una peluca barata) se acercó a presentarse. “¿Cómo se llamaba? Nunca le había visto por aquí señor. En ninguna fiesta. ¿En qué departamento trabaja?” Y nuestro protagonista le despachaba con toda la cordialidad que le permitía la rabia. Hasta que llegó a la terraza. Hacía una noche espléndida de verano. Al estar aquella mansión perdida en el campo, alejada del ruido de la ciudad, las estrellas brillaban en el cielo junto a la luna llena. La temperatura era maravillosa. Corría el suficiente aire para no tener calor, pero no hacía frío como para ponerse el abrigo. La noche era ideal para ser elegante, tranquila, bella. El escenario perfecto.

“Puede ser una trampa, pero tengo que vengarme. Si me voy, no volveré a dormir en paz. Pero si actúo, dormiré para siempre.”

Dio la espalda al paisaje y apoyado en la barandilla de la terraza observó a su objetivo, el personaje de Roberto Mares.

“Sufrir o morir.”

Ambas opciones le daban miedo. Hiciera lo que hiciese iba a salir perdiendo.

“¿Cómo actuaría si me decido a actuar?”

Con la seguridad que le proporcionaba la distancia se fijó en su objetivo. Se había formado un pasillo perfecto en medio de la fiesta para facilitarle el análisis. Su cara ya no la percibía como cansancio, sino como letalidad. Parecía tenerlo todo controlado. Los hombros estaban caídos porque descansaban, pero con la mínima alerta volverían a su posición profesional. Ahora miraba sus manos con más respeto. Sus dedos, aún teniendo una manicura excelente para la ocasión, estaban trabajados, con la piel seca del esfuerzo. Aquel hombre tenía una fuerza increíble. Pero también era inteligente. No le había dado ni un sorbo al champán de su copa porque las burbujas ya no subían. Debía de estar ya tibio.

“Vaya desperdicio.”

Aquel hombre, Roberto Mares, le daba rabia y miedo. Era un reflejo de nuestro protagonista, pero contrario. Más profesional, más violento. No debía acercarse. El problema es que nuestro protagonista nunca había disparado y a esa distancia era imposible que acertase en la calva del señor Mares. Comenzó a sudar. Aquella noche perfecta se había vuelto infernal en solo unos minutos. Fue entonces, cuando nuestro protagonista estaba envuelto en pensamientos y posibilidades, que el asesino le miró, levantó la copa como saludo y probó el champán caliente. El antagonista le dedicó una sonrisa burlona, a sabiendas del miedo de su rival.

“Te mataré.”

Y la rabia le hizo dar el primer paso, y con él vinieron el resto. En dirección a la calvorota con sonrisa burlona. Pero a medida que nuestro protagonista se acercaba, los hombros del asesino subían, recolocándose. Preparándose. Las miradas se mantuvieron, fijas. El escenario brillante y lujoso había perdido toda su importancia. Ahora todo se centraba en la tensión del duelo. Paso a paso.

Cuando de repente, la banda dejó de tocar. De la otra punta de la sala salió el hermano del protagonista. Arrastrándose como podía, lleno de sangre. Con las orejas y la lengua cortadas. Manchando el suelo de mármol de sangre brillante y gritando mugidos de dolor. Hasta que cayó al suelo, muerto.

El antagonista miró a su rival, quien levantaba la pistola y le reventaba los sesos con una precisión grotesca. El silencio se apoderó del salón, mientras bajaba el telón y las primeras gotas de aplausos caían.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s